Yo soy hijo/a de Dios porque he nacido de la simiente incorruptible de la Palabra de Dios que vive y permanece para siempre. He sido perdonado/a de todos mis pecados y lavado/a en la Sangre de Jesús, y por ello, soy una nueva criatura, soy el templo del Espíritu Santo.
(1 P. 1:23; Ef. 1:7; 1 Co. 5:17: 1 Co. 6:19)
He sido libertado/a de la oscuridad y trasladado/a al Reino de Dios. La maldición de la ley ya no tiene potestad sobre mí porque estoy redimido/a, soy bendito/a, he sido santificado/a, justificado/a.
(Col. 1:13; 1 P. 1:18-19; Dt. 28:1-14; Ro. 1:7)
Soy cabeza y no soy cola, voy encima de las circunstancias y no debajo. No hay condenación en mi vida, porque puedo llevar cautivos mis pensamientos a la obediencia en Cristo Jesús y mi mente es renovada por medio de la renovación de mi entendimiento, pues yo soy prosperado/a en todo.
(Dt. 28:13; Jn. 3:18; 2 Co. 2:14)
Tengo salud así como prospera mi alma. Soy amado/a por Dios, elegido/a desde antes de la fundación del mundo y establecido/a hasta el final. Yo amo a Dios porque, ¡oh misterio y alegría! El me amó primero y el amor de Dios fue derramado en mi corazón.
(3 Juan 2; Col. 3:12; Ro. 5:5)
Cristo en mí me hace ser más que vencedor/a, soy victorioso/a frente a las circunstancias, tengo paz en mi corazón. Soy fuerte en El, mi corazón está firme en la Roca inconmovible que es Cristo. Me someto a Dios, resisto al diablo y éste huye de delante de mí.
(Ro. 8:37; Fil. 4:7; Stg. 4:6-8)
Soy Coheredera con Cristo de las preciosas y grandísimas promesas que la Palabra promete a los que, como yo, hemos sido sellados con el Espíritu Santo de la promesa en Cristo Jesús por Sus hechos.
(Ro. 8:17; Ef. 1:13)
Mi identidad está completa y plena en Él. Él me acepta y me ama, vivo, existo, me muevo y soy en Él. Para mí el vivir es Cristo, es mi deseo que yo mengüe y que Él sea glorificado en mí y a través de mí para bendición de otros.
(Ef. 1:6; Hch. 17:28)
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